Lun. Oct 26th, 2020

Teólogo Evangélico: “Si el Covid-19 es un castigo de Dios, me declaro inmediatamente ateo”.

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Omar Cortés Gaibur estaba viendo el matinal Bienvenidos, cuando contesta el celular. En un tono severo, comenta que acaba de aparecer el senador Iván Moreira (UDI) asegurando que el coronavirus es un “castigo de Dios”. “Yo, que soy teólogo y creyente, me hago ateo inmediatamente si esa es la razón por la que tenemos una epidemia. ¡Qué Dios más caprichoso y perverso! -dice con tono irónico- Y eso lo dice en Canal 13 sin que nadie repare lo absurdo”.

“¿Cómo pueden darle tribuna a ese señor, tergiversando la dimensión de una fe adulta y madura que jamás va a pensar que esto es un castigo de Dios? Es una pena”, lamenta.

Aunque Cortés abandonó formalmente sus labores como pastor, sigue vinculado a una iglesia protestante bautista de Conchalí. Durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet participó como asesor de asuntos religiosos, y actualmente está abocado a ser profesor de teología y filosofía de la Comunidad Teológica Evangélica de Chile (CTE) y a encabezar la Asociación Chilena de Diálogo Interreligioso para el Desarrollo Humano (ADIR).

Esta última organización funciona legalmente desde hace tres años y agrupa a miembros de las iglesias evangélicas, católica, judía, mormona y musulmana (en sus expresiones chií y suní), así también a las comunidades Baha’i, Brahma Kumaris, Sikh Dharma, y de pueblos originarios, entre otros. Recientemente, en su página de Facebook publicaron un video con un mensaje de apoyo a los trabajadores de la salud que combaten el Covid-19.

¿Cómo ha visto el papel de las distintas iglesias en el marco de la crisis que ha desatado el coronavirus a nivel mundial?

-Honestamente, saltando los puntos particulares y para nada generalizadores de dos o tres casos de líderes religiosos del mundo evangélico con patologías mentales, que tienen a la prensa sensacionalista preocupada como si ellos fueran todos los evangélicos, yo diría que todas las iglesias han tenido una disposición, desde el comienzo, de colaboración, de invitaciones serias a sus fieles y sus comunidades del cuidado que se debe tener. Estamos en una situación de una verdadera guerra invisible que tiene a todo el mundo en esta condición. En ese sentido, veo desde el comienzo a comunidades que prestaron sus instalaciones para que el gobierno no tenga que pagar y disponga de espacios. Los mormones han organizado vuelos humanitarios para traer chilenos de vuelta al país. Los jesuitas han prestado un espacio para atender a la gente en situación de calle para que tengan donde refugiarse. ¡Esa es la noticia! ¡Eso es lo que debe ser relevante!

¿No le parece relevante que haya líderes religiosos que expongan la salud de sus fieles?

-Poner el acento en los puntos particularísimos de dos o tres personas, entre ellos delincuentes, y decir “los evangélicos”, me parece un prejuicio implícito y un sensacionalismo que denuesta a toda una comunidad variada y diversa, como es el mundo evangélico, que no se siente para nada interpretada en personajes como el pseudo pastor Cid. Él no pertenece al mundo evangélico, constituye una dimensión más sectaria. Es un líder pseudo carismático que ejerce una acción psicopatológica persuasiva de un grupo de gente.

Es bueno refrendar las cosas absurdas y dañinas que desprestigian una fe sana, adulta y madura, que no ve en esto un castigo de Dios, sino una oportunidad para ser solidarios, compasivos y más colectivos. Esta epidemia nos enseña un juicio a nuestros propios actos, no a los de un tercero extraño y ajeno que apunta con el dedo. Esa es una fe adulta, aquella que nos enseña a dejar ese individualismo que nos ha enfermado, que es la pandemia previa a esta otra pandemia. Una fe colaborativa, abierta, dispuesta al genuino amor y respeto al prójimo. En esa dimensión se ve la presencia de Dios.

Dice que en Chile estamos ante casos puntuales, pero en el mundo hemos visto episodios similares. En Israel, los rabinos ultraortodoxos violaron la cuarentena y en Estados Unidos, un pastor evangélico murió contagiado, tras congregar multitudes y desafiar las normas sanitarias. Tratando de entender este fenómeno, uno se encuentra con una fe ciega que argumenta que Dios protege del virus. ¿Cómo se enfrenta eso cuando está en riesgo la salud de las personas?

-En toda expresión religiosa siempre vas a tener tres o cuatro dimensiones. Una de ellas será fundamentalista, literal en la interpretación de sus textos sagrados y con un sentido infantil de la comprensión de la fe. Cuando tú te paras frente a la vida y vas a actuar a partir del premio o el castigo que puedes recibir respecto de tus actos, eso ni siquiera es moral, es premoral. Es como la domesticación de un perrito, yo lo castigo si se porta mal, le doy un premio si se porta bien. Esa domesticación nada tiene que ver con otras expresiones más amplias, más serias, más maduras de esa misma religión, sea judía, musulmana, cristiana o de otra, donde más bien hay una presencia de una moral adulta, donde no se actúa por premio o castigo, sino por valores como la justicia, la solidaridad, la compasión genuina, la hospitalidad, valores centrales de todas las religiones.

Lo otro es una cuestión sociópata, que tiene su dimensión de enfermedad en las expresiones ultra-fundamentalistas, medias parasitarias de cada religión. Eso, en la actualidad, hay que combatirlo y hay que imponerle la dinámica de la ley, porque rayan en una cuestión delictual. También, es un tema sociológico advertir cómo estas sectas consideran que sería propicio convocar a algo que es poco menos que un suicidio colectivo, con esta fe ciega e infantil, que actúa como vara mágica: “No me va a pasar nada, porque Dios me cuida”. Ver todo el daño y muerte que eso podría significar es un peligro.

Si hubiera que elegir dos o tres conceptos que permitan diferenciar aquello que es la religión propiamente tal y estos “elementos parasitarios”, como usted los llama, y así evitar finalmente esta confusión de que por uno o dos casos se termina generalizando a toda una iglesia, ¿cuáles serían?

-Primero, todas aquellas personas que se autoerigen como líder religioso, con una actitud claramente manipuladora de la conciencia de sus seguidores, tienen esta dimensión. Segundo, no responden a nadie. En la iglesia católica eso está muy normado, hay una verticalidad y un control. En las iglesias evangélicas también lo hay. Nadie se puede autodenominar metodista ni presbiteriano, llegar y hacer lo que quiera. Como existe esta atomización, sobre todo en el mundo pentecostal, algunos sujetos, supuestamente evangélicos, levantan una iglesia en la esquina, tienen seguidores, van y la registran. El único control para esos grupos son los tribunales de justicia.

Con esta crisis surgen distintas necesidades espirituales, entre quienes llevan varias semanas encerrados o aquellos que se han visto forzados a trabajar pese a los riesgos. ¿Cuál es el papel que cumplen las iglesias en ese escenario?

-Muchas de las comunidades están haciendo un proceso de contención y acompañamiento a través de las redes sociales. Sobre todo, le dan orientaciones a la gente. Para unos es una condición de guardarse y para otros de encerrarse. La diferencia está en que yo tengo un espacio adecuado de metros cuadrados. Pero imponerle a una familia que en 40 metros cuadrados haya cinco o seis personas, genera de manera inmediata una situación difícil. He visto la preocupación en muchas comunidades de acercarse a las familias donde quedarse en casa significa cortar su acceso al mínimo de bienestar económico. También está el tema de la violencia intrafamiliar, la agudización de convivencias que ya no eran sanas, donde ya no había un diálogo simétrico sino una situación de dominación o control del otro.
¿Qué es lo que más me mueve? Muchos no se hacen esa pregunta o la miran en un vacío que siempre están llenando desde la acción, el acto, la dinámica y el estrés permanente. Entonces, se detienen, se quedan quietos y no tienen a dónde mirar, porque no pueden salir a ninguna parte. Ese proceso de mirarse a sí mismo es algo que hay que aprender y las iglesias tienen mucho aporte que hacer en ese sentido. La idea es crecer, madurar, ver las oportunidades que genera esta crisis, reencontrarme con la familia, con mí mismo, con mis vecinos para colaborar.

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